Especial Halloween (I): La huida eterna

Especial Halloween historias de terror I

Miedo, terror, pánico, pavor. Además de dulces, disfraces y calabazas, este es el ingrediente principal de Halloween, que se celebra el próximo sábado.

Nosotros no queríamos ser menos y a lo largo de los próximos días te vamos a relatar tres historias de terror basadas en hechos reales (o no) para que cuentes en corro con tus amigos mientras te alumbras con una linterna, cuando pasees por el cementerio a oscuras o, simplemente, cuando sigas en el bar a horas indecentes de la noche, que suele ser también una escena bastante terrorífica.

En cualquier caso, lee las tres con atención y recuerda que… también podría pasarte a ti.

La huida eterna

Y llegó el martes en el que María explotó. “Todos los días son iguales, desde que voy a la oficina hasta que llego a casa. Mi vida es circular, vivo atrapada”, se lamentó. Así que un día metió cuatro trapos en la maleta, la tiró con rabia al maletero y apretó a fondo el acelerador. “¡Me largo a donde sea!”, gritó por la ventanilla con el impulso que da el calentón.

Y el calentón le duró hasta la salida de la ciudad, cuando se topó de bruces con lo que parecía un atasco kilométrico. Un océano de coches, todos parados. A su izquierda, un señor en un coche rojo hurgándose la nariz mientras llevaba a todo trapo Hotel California, de los Eagles. A la derecha, un cartel señalizaba el porrón de kilómetros que restaban hasta el peaje de la autopista. “Así no hay quien sea impulsiva”, pensó.

Tras una espera larguísima y de tener esa sensación de que siempre son los otros los que avanzan, María consiguió cruzar con el coche la barrera y volver a acelerar. Por fin se sentía libre, melena al aire (acondicionado) y destino al horizonte. Hasta que volvió a verla a lo lejos: otra cola serpenteante de coches y coches. “¿Es que nos hemos puesto todos de acuerdo para irnos un martes o qué pasa aquí?”.

Tras volver a detenerse y refunfuñar, empezó a sospechar algo cuando miró a su derecha y vio el cartel que señalizaba los kilómetros hasta otro peaje. Eran los mismos que antes. Alterada, miró a la izquierda y allí estaba el señor del coche rojo, hurgándose la nariz en la misma posición. La música le resultaba familiar: otra vez Hotel California, concretamente la parte de “you can check out any time you like, but you can never leave”. “Puedes hacer el check out cuando quieras, pero nunca te puedes ir”.

Y entonces María, quien había dejado atrás una vida circular, comprendió que estaría atrapada para siempre en un atasco circular.

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