Especial Halloween (II): El misterio de los souvenirs portugueses

Especial Halloween historias de terror II

Aquí llega el segundo relato de terror de este especial de Halloween. ¿No leíste el primero? Aquí está, no tengas miedo: La huida eterna. Eso sí, prepárate porque con este vas a experimentar aún más pavor. Si es que es posible.

El misterio de los souvenirs portugueses

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Llegó el día tan ansiado: ¡VACACIONES! Después de años sin poder tomarse ni un mísero día, de tirar de marca blanca y de salir al vermú sólo en las ocasiones especiales, Paco pasaba revista a su familia, en formación frente al portal. “A ver, Pili, ¿han hecho pis los niños? Que luego no quiero que me den la tabarra en el coche. Luisillo, ¿es que no puedes dejar el videojuego por un momento? María, ¿otra vez tienes que ver esa peli? ¿Ha hecho pis el perro?”. Al fin, Paco concluyó: ¡Portugal, allá vamos!

La primera parada llegó media hora después de salir, cuando todos tuvieron que hacer pis excepto el perro, que no necesitó abandonar el coche para liberarse. Un par de gritos después, se encontraban cruzando la frontera del país vecino. El paisaje era tan bonito que no pudieron evitar hacer una segunda parada para contemplarlo y sacarse un par de selfis. Pero el hambre ya apretaba, así que decidieron comer por allí cerca.

Menudo bacalao, amigos, a la altura de la leyenda. Al volver del restaurante al coche, Luisillo se percató: “¿No huele un poco raro?”. Normal, porque se encontraron el coche repleto de bacalaos, como recién traídos de la lonja. Lleno hasta los topes. Todavía sin entender qué había ocurrido, se deshicieron de todos excepto de un par (“Tampoco vamos a desperdiciarlo, ¿no?”).

Poco tardaron todos en necesitar hacer pis de nuevo, perro incluido, así que aprovecharon para dar un paseo por aquel bonito pueblo. Al pasar frente a una tienda, Paco dijo a todos: “¡Ah, mirad, las famosas toallas portuguesas!”. Y después de comprobar su suavidad, como quien comprueba el tacto de las nubes, decidieron comprar un par. Pero no imaginarían lo que se encontrarían al volver al coche: en efecto, estaba lleno de toallas. Como una nube andante. Atónitos de nuevo, vaciaron el automóvil pero mantuvieron un lote (“Leches, si son mejores que las que habíamos comprado”).

En cualquier caso, Paco estaba convencido de que aquellas misteriosas apariciones en su coche no iban a arruinar sus primeras vacaciones en años, y más si podían quedarse con algo de regalo. Así que les dio la importancia justa. De esta forma, fueron sucediéndose a lo largo de todo el viaje y de todos conservaron una muestra a modo de souvenir: que si pastelitos de Belem, botellas de Oporto, figuritas del monasterio de los Jerónimos, tablas de surf de Cascais, un mochilero norteamericano que tocaba la flauta por Alfama.

En su regreso a casa, el coche casi rozaba el suelo de lo abarrotado que iba. Pero a la cargada comitiva aún le esperaba un último regalo. Al abrir la puerta de casa, todos quedaron sepultados por un repentino alud de sobres. Cartas y cartas, cada una idéntica a la anterior. Paco cogió una, la abrió y gritó enfurecido: “¿Como que una multa por circular sin permiso por autopistas de Portugal?”. Abrió otro sobre y era otra multa distinta. Y otra y otra y una más y miles más. Y allí se quedaron todos nadando entre multas, el último gran souvenir portugués. Luisito se perdió entre tanto sobre y no volvieron a encontrarlo hasta muchos años después.

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