Como hemos cambiado

Hace 25 siglos, los romanos llegaron a contar con más de 100.000 kilómetros de vías. Hoy, solo en España, hay más de 166 mil.

Nos hacemos eco de un reportaje en el que, basándose en el libro Aventuras Ibéricas de Ian Gibson, se explican las vías de comunicación que había en la Península Ibérica en época del Impero Romano. Era asombroso lo que hacían los romanos.

Por eso, y porque vivimos en un momento en el que las comunicaciones avanzan a pasos agigantados, no podemos dejar atrás lo que hicieron los romanos. Un ejemplo de esto, aunque sea en clave de humor, lo extraemos de una conversación de la película La vida de Brian, de Monty Python, con el siguiente diálogo:

Reg: Bueno, pero aparte del alcantarillado, la sanidad, la enseñanza, el vino, el orden público, la irrigación, las carreteras y los baños públicos, ¿qué han hecho los romanos por nosotros?

Militante del Frente Popular de Judea: Nos han dado la paz.

Reg: ¿La paz? ¡Que te **** un pez!...

Pues sí, así es. Así era. Fueron los romanos los que nos trajeron todas esas cosas y, a día de hoy, podemos ver cómo han avanzado. En el transporte de igual manera. En la época del emperador Antonino (siglo III a.C.), en Hispania había más de 600 millas de caminos con 372 rutas, de las que 34 correspondían a las provincias hispanas. Ahora, esas vías empedradas se han convertido en 166.003 kilómetros de carreteras asfaltadas.

Trasportar ejércitos y comerciar. Pocos viajes

Muchos de nosotros no solo usamos esos interminables kilómetros para trabajar, sino que también lo hacemos para nuestro ocio. La verdad es que casi todos, ya que es la forma más económica de viajar. Hacerlo en la Hispania romana era algo más difícil, lento, caro y peligroso. Por eso, solo los soldados, comerciantes y aventureros tenían la oportunidad de ver mundo, pero pasándose meses e incluso años, lejos de su hogar.

Originalmente se construyeron para el transporte de los ejércitos, aunque el comercio y el auge del Imperio Romano contribuyeron a su espectacular desarrollo. Gracias a las calzadas, las tropas podían trasladarse de un extremo al otro del imperio con una velocidad insólita para la época, y que, por cierto, tardaría más de un milenio en ser igualada.

Hoy, si queremos comer una lubina solo tenemos que coger nuestro teléfono y consultar en internet dónde podemos comerla. Reservamos, llegamos y a disfrutar de su almuerzo. Antes eso era más difícil, ya que lo que había para comer era lo que generaba la zona. O lo que se ha oído en este país siempre: producto de temporada. No había, claro. Y además, la posibilidad de tomarte una lubina fresca en Titulcia (lo que ahora es Madrid y alrededores) si no tenías muchos sextercios era muy, pero que muy complicado. ¡Anda!, no me había dado cuenta, pero hoy pasa lo mismo, quitando lo de la temporalidad.

En la época romana no necesitaban internet para buscar restaurante, ya que tenían una posada cada 10 ó 15 kilómetros en las que podían descansar o cambiar de caballo. También tenían un albergue para la cena, un servicio de establos -stabulum- para los caballos, un herrero e incluso un encargado del mantenimiento de los vehículos. Paralelamente a los albergues, había almacenes que surtían de mercancías a la capital del Imperio. Igual que ahora.

Seguro que la comida no era mala… ¿O sí?

La gente del día a día se alimentaba sobre todo de pan, aceite, queso, aceitunas y si podían un poco de carne de vez en cuando. También tomarían fruta (uvas, higos, manzanas), frutos secos (almendras y piñones) y verdura (espárragos, lechuga, zanahoria, cebolla y ajo).

Una comida muy común eran las gachas. Las hacían con harina de trigo o farro (otro cereal) mezcladas con agua y aceite o grasa de cerdo.

Vamos, nada que difiera de lo actual.

Puntos kilométricos

A ellos también le tenemos que agradecer el cuentakilómetros, ya que gracias a que conocían las medidas de la circunferencia de la rueda, se podía medir cada cuanto tiempo se había recorrido una milla (aproximadamente 1.500 metros). En este caso, cada 400 vueltas de la rueda una piedra caía en el cuenco, indicando otra milla más recorrida.

Velocidades insólitas para la época

A día de hoy tenemos toda la tecnología necesaria para conocer exactamente a la velocidad que viajamos al instante. Los romanos tardaban más, pero también sabían la media de velocidad. Bien es cierto que la medida que usaban eran millas por día. Así, un correo del imperio que solo parase para sustituir a su caballo en los establos que había en las posadas podía recorrer en un día unos 250 kilómetros, una media muy alta para la época.

Si hiciéramos el paralelismo a día de hoy, se recorrerían en 24 horas (¿Ojo! Sin sobrepasar la velocidad máxima) más de 2.800 kilómetros. Una locura, ¿no?

 

 

 

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